Silvana Calvín


Licenciada en Letras, docente y escritora nacida en Buenos Aires y residente en la ciudad de San Rafael, Mendoza


Aún no tiene libros publicados




Abre tu voz

Hay silencios que pesan más que el llanto
como en un bosque cuando
hasta las hojas callan
su charla con el viento
en la quietud-espera, en la amenaza
de los lobos cercanos.
Pero hay uno peor
y mil veces maldito
y es el silencio cómplice
pala para la tumba de los hermanos.
No te calles
no tejas
sábanas de tierra.
Despierta la garganta
que hay un pueblo que llora
en la hondura de América.
No deshiles los lazos
que han unido esta tierra
con tu mudez de miedo
de matanza de mierda.
Abre tu voz
flamea
un grito que retumbe
más fuerte que las balas y los gases
un grito sin fronteras.
Que tu hermano se muere
americano
y no le duelen tanto
perdigones y sables
como tus dientes juntos,
como el puñal callado de tu silencio,
como la cruel espera,
como la indiferencia.


Calchaquí

Harapos quieres que sean
mis ropas y mis sueños.
Guerrero soy
cuerpo de piedra
no para vestirlo con tus miserias.
No me humilla tu soberbia
desparida de madre.
El viento te devuelve
y en la cara
lo que arrojas pensando
que se pierde en el aire.

Veinte veces mil fueron los años
que mi pueblo caminó estas tierras.
Tres veces cien
los que lo corrompieron
y aún no acaban de entenderla.

Pero espera…
verás que la mañana se levanta
entre las piedras.
Hay un sol en mi sombra
que perfila
la dignidad del tiempo de la esfera.
Hay un secreto a voces
un susurro
acunado en el paso de la gesta
hacia el temblor de tierra que renueva
las voces olvidadas
que tu noche siniestra
creyó descincelar de las alturas
con martillos de pluma
y con hachas de cera.

Pero espera…
Ya el valle se levanta
entre laderas
germinadas de flores ancestrales
y pies que reconocen el camino
de la vuelta.


Beberé de tus aguas

Beberé de tus aguas una noche cualquiera
en que tu sol dormido no esté atento a mis manos.
Caminaré descalza por tu cuerpo
sin dejar huella.
Te beberé despacio.
Como brisa de agosto
soplando lejano
oirás llegar mis pasos.
Confundido entre sueños
te creerás dormido.
Que mi cuerpo es un cuenco vacío,
sauce sin río
desarraigando.
Verás mover mi tronco sediento en el ocaso
y llegar a tu cauce
a empaparme los labios.
Ni un segundo de prisa me apurarán las sedes
que traigo acumuladas,
porque tengo cansado hasta el desgano,
y más fácil que yo
vuelve el pasado.
Duerme un poco, disfruta la quietud, el silencio.
Vacíate los libros de saberes usados.
Entiérrate las uñas con humus de jardines.
Desaprende lecciones que tan mal aprendiste.
Renuévate los brazos.
Que no hay tiempo en el tiempo
de mi continuo cuarto
y no sé en qué hora llegue
a empaparme a una vera que tan lejos me queda.
Ni sé en qué tarde empiece
a desandar el llanto.
Beberé de tus aguas una noche cualquiera.
No me preguntes cuándo.

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